El diamante tan grande como el Ritz: la fábula más salvaje de Fitzgerald
POR Rosetta EduHay un Fitzgerald que todo el mundo conoce: el de las fiestas tristes, los trajes blancos y la prosa que suena a champán a las cuatro de la madrugada. Y hay otro, anterior y mucho menos frecuentado, que escribía fantasías desatadas, farsas en un acto y parodias sin ninguna intención de ser respetable.
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F. Scott Fitzgerald · Nueva traducción al español
Ver el libroEste volumen recoge a ese segundo Fitzgerald. Y en el centro está el relato que muchos consideran el mejor que escribió en toda su obra breve: la historia de una familia que posee una montaña hecha de un solo diamante.
Una montaña que es una piedra
John T. Unger viene de un pueblo de Misisipi llamado Hades y estudia en un internado para hijos de ricos. Un compañero, Percy Washington, le suelta un día con toda naturalidad que su padre es el hombre más rico del mundo, y lo invita a pasar el verano en su casa de Montana.
La casa resulta estar sobre un diamante del tamaño de una montaña. La familia lleva generaciones administrando ese secreto, y lo administra con métodos: sobornos a cartógrafos para que el valle no aparezca en los mapas, un sistema para desviar los aviones que sobrevuelan la zona, un pozo donde se guarda a los pilotos que aterrizaron por error y no pueden marcharse jamás, y una costumbre discreta respecto a las visitas, que consiste en no dejar que ninguna vuelva a casa.
El punto que hace inteligente el relato, y no solo pintoresco, es económico: un diamante de ese tamaño no vale nada mientras exista. Venderlo entero hundiría el mercado de las piedras preciosas y arruinaría a su dueño. La mayor fortuna imaginable solo funciona si permanece oculta, y ocultarla exige el crimen. Fitzgerald convierte una fantasía infantil —ser dueño de una montaña hecha de diamante— en una parábola sobre lo que sostiene realmente las grandes fortunas.
La escena más audaz que escribió
Sin destripar el desenlace: hay un momento, cerca del final, en el que el patriarca sube a una colina al amanecer y le hace a Dios una oferta comercial. Le propone un soborno. Detalla lo que está dispuesto a pagar y en qué condiciones, con el tono de quien negocia una concesión minera.
Es una escena breve, blasfema, comiquísima y bastante aterradora, y resume la tesis entera del relato: un hombre que ha comprado a todo el mundo durante toda su vida da por hecho que el precio de la divinidad es cuestión de encontrar la cifra correcta. Cuesta creer que la escribiera un autor de veinticinco años en 1922 y que hoy siga sonando actual, pero así es.
El propio Fitzgerald contó que escribió este cuento para su propio disfrute, en un estado de irresponsabilidad absoluta, y que las revistas que mejor pagaban lo rechazaron por raro. Acabó publicándolo en The Smart Set, la revista literaria de Mencken, por trescientos dólares: una fracción de lo que cobraba por los relatos convencionales que escribía a destajo. Salió barato el mejor cuento de su vida.
Los otros cinco
El resto del volumen enseña al Fitzgerald juguetón, y conviene leerlo sabiendo qué es cada cosa.
«El lomo del camello» es una comedia de enredos que transcurre en un baile de disfraces, con un hombre metido en un disfraz de camello de dos plazas —él delante, un taxista detrás— que termina casado por accidente. Fitzgerald presumía de haberlo escrito de un tirón, en menos de un día, para pagar un reloj de pulsera de platino y diamantes. Se nota la velocidad, y en este caso es una virtud.
«De porcelana y rosa» es una farsa en forma de obra de teatro, con casi toda la acción dentro de un cuarto de baño y una protagonista metida en la bañera conversando por la ventana con un desconocido.
«Tarquino de Cheapside» es la pieza incómoda del conjunto: un texto breve, de sus años de Princeton, que imagina un episodio brutal en la vida de un joven isabelino que después escribirá un poema famoso a partir de lo ocurrido. Es duro y deliberadamente ambiguo.
«El señor Icky» y «Jemina» son parodias declaradas —de los dramas rurales ingleses y de los folletines de familias montañesas enfrentadas a tiros— escritas con la alegría de quien se está riendo de todo el mundo, empezando por sí mismo.
Por qué este Fitzgerald importa
Los relatos fueron su oficio y su ruina: los vendía a las revistas para financiar la vida y las novelas, y llegó a despreciar buena parte de esa producción. Pero cuando se permitía escribir sin pensar en el mercado —y estas seis piezas son el mejor ejemplo— apareció un escritor mucho más libre y más extraño de lo que su leyenda deja ver.
Tres años después del diamante escribiría El gran Gatsby, donde la riqueza vuelve a ser el tema, pero tratada con realismo y elegancia. Aquí aún se permite el disparate, y el disparate le sale certero: para explicar qué hace el dinero absoluto con la moral de quien lo tiene, una montaña de diamante y un soborno a Dios funcionan tan bien como una mansión en Long Island.
Nuestra edición
Publicamos El diamante tan grande como el Ritz y otras historias en una nueva traducción al español, con los seis relatos íntegros. Disponible en tapa blanda, tapa dura y ebook, y en edición bilingüe de texto paralelo español-inglés, tanto en tapa blanda como en tapa dura.