Las damas verdes: George Sand y los fantasmas que esconden un pleito
POR Rosetta EduGeorge Sand escribió más de setenta novelas, fue la escritora más leída de la Europa de su tiempo y hoy es más famosa por su biografía —el seudónimo masculino, los pantalones, Chopin, Musset— que por sus libros. Es una injusticia cómoda: se habla de ella para no tener que leerla.
Las damas verdes es una buena manera de corregirlo. Es corta, es rara, es una historia de fantasmas escrita por alguien que no creía en fantasmas, y contiene en ochenta páginas casi todo lo que hacía interesante a su autora.
Tres hermanas que no se han ido
Un joven abogado llamado Nivières llega al castillo d’Ionis para resolver un pleito de herencia en nombre de su padre. Lo recibe una condesa enigmática, y le cuentan la leyenda de la casa: tres hermanas jóvenes, envenenadas por celos hace siglos, que siguen apareciendo de noche vestidas de verde.
Lo que sigue es un relato de aparecidos con todos sus ingredientes —la habitación prohibida, la vela que se apaga, la figura al fondo del pasillo—, pero Sand lo cuenta con una calma casi burlona, y va dejando pistas de que el verdadero misterio no está en el más allá, sino en el pleito. Quién hereda, quién pierde, quién tiene interés en que un joven abogado se asuste lo suficiente como para no mirar los papeles con atención.
No conviene decir más. Solo que el final no traiciona ni a los amantes de lo sobrenatural ni a los escépticos, y que ese equilibrio es dificilísimo de conseguir.
Lo fantástico como excusa
Sand publicó Les dames vertes en 1857, en plena madurez, cuando ya había escrito sus grandes novelas rurales y se había retirado a su finca de Nohant, en el centro de Francia. Es un libro de encargo para la prensa, de los que escribía con velocidad prodigiosa, y sin embargo lleva su marca en cada página.
Porque debajo de los fantasmas están sus temas de siempre: una herencia que las leyes reparten mal, mujeres con más inteligencia que poder, un joven de clase media aprendiendo que la aristocracia es un decorado, y la sospecha —muy de Sand— de que las supersticiones son útiles para quien manda. Lo gracioso es que todo eso se lee sin darse cuenta, arrastrado por la intriga. Es una novela sobre el poder disfrazada de cuento de terror.
¿Quién era Aurore Dupin?
Aurore Dupin (1804-1876) adoptó el nombre de George Sand para poder publicar y para poder vivir: se separó de su marido, se instaló en París, se vistió de hombre porque las entradas de teatro para hombres eran más baratas y fumaba en público cuando eso bastaba para arruinar una reputación. Escribió sin parar durante cuarenta años, mantuvo con su trabajo a una familia entera y fue amiga o amante de media literatura francesa.
Flaubert, que no admiraba a casi nadie, la llamó «querido maestro» en sus cartas durante años. Dostoievski la leyó en Siberia. Que hoy circule sobre todo como personaje y no como autora dice más de nosotros que de ella.
Un primer libro en francés
Hay una razón práctica para elegir este título si estás aprendiendo francés: Sand escribe con una claridad ejemplar, en frases limpias, con un vocabulario que un lector hispanohablante reconoce en buena parte, y la intriga tira lo suficiente como para seguir leyendo aunque se escapen palabras. Es un escalón natural después de El Principito: prosa adulta, extensión breve, historia con gancho.
Con el francés a un lado y el español al otro, además, se aprecia algo que las traducciones sueltas ocultan: cómo Sand cambia de registro entre la conversación de salón y las escenas nocturnas, y lo poco que necesita para dar miedo.
