La clarisa: la historia de fantasmas que escribió Elizabeth Gaskell
POR Rosetta EduA Elizabeth Gaskell se la recuerda por las novelas industriales y por los pueblos apacibles de Cranford. Casi nadie asocia su nombre con maldiciones, dobles espectrales y exorcismos. Y sin embargo escribió algunas de las mejores historias de fantasmas de la época victoriana, y La clarisa es la más ambiciosa de todas.
Una maldición lanzada contra la persona equivocada
Todo empieza con un acto de crueldad menor: un hombre mata al perro de una anciana. Ella, desesperada, lo maldice. El problema —y aquí está la crueldad del libro— es que la maldición no cae sobre él, sino sobre su hija, a la que la anciana ignoraba que tenía y que resulta ser también su propia nieta.
Lucy, la joven, crece perseguida por un doble: una figura idéntica a ella que aparece a su lado, se comporta de forma obscena y hace que todo el que la ve la rechace con horror. No es un fantasma que asuste por la noche; es algo peor, una versión de sí misma que arruina cada relación que intenta tener. Gaskell describe con una precisión dolorosa lo que eso hace en una mujer joven del siglo XVIII: no puede explicarse, no le creen y el aislamiento se convierte en su forma de vida.
La salida llega por donde no se espera. No hay héroe que mate al monstruo: hay una monja clarisa, pobre y anónima, cuya intercesión abre la posibilidad de romper el ciclo. La redención, en Gaskell, siempre pasa por alguien sin poder.
El gótico como forma de hablar de otra cosa
Publicado en 1856 en la revista de Dickens, el relato usa el aparato sobrenatural para tratar temas que Gaskell abordó toda su vida por vías realistas: la reputación femenina, el castigo desproporcionado que reciben las mujeres por actos ajenos, la culpa heredada.
Porque eso es literalmente lo que ocurre: Lucy paga por lo que hizo su padre, y lo paga en la moneda que se cobraba a las mujeres de su tiempo, que era la del descrédito social. El doble puede leerse como lo sobrenatural o como la reputación que una mujer no controla y que, una vez manchada, la sigue a todas partes. Las dos lecturas funcionan a la vez y esa ambigüedad es lo que eleva el relato por encima de la historia de fantasmas al uso.
Gaskell y Le Fanu, en la misma estantería
Quien disfrute de Carmilla encontrará aquí un parentesco claro: ambos relatos son breves, victorianos, protagonizados por mujeres jóvenes aisladas, y ambos usan lo sobrenatural para hablar del deseo y del control. Gaskell publicó el suyo dieciséis años antes.
Y quien venga de Milady Ludlow reconocerá la misma mano: una narradora que mira a sus personajes sin condenarlos, incluidos los que hacen daño, y un interés constante por los que quedan fuera del sistema.
¿Cómo leerlo?
De una sentada, preferiblemente de noche y en invierno, que es como pide leerse. Son pocas páginas y la tensión crece sin pausas. Y si es tu primer Gaskell, es una puerta de entrada poco ortodoxa pero excelente: corta, intensa y con todo lo que la hace grande —la compasión y la mirada social— concentrado en un relato de terror.