Hermosos y malditos: la novela con la que Fitzgerald se adelantó a su propia vida

Hermosos y malditos: la novela con la que Fitzgerald se adelantó a su propia vida

POR Rosetta Edu

En 1922, F. Scott Fitzgerald tenía veinticinco años, era famoso desde los veintitrés, acababa de casarse con Zelda y llevaba una vida de hoteles, fiestas y dinero gastado antes de cobrarlo. Ese año publicó una novela sobre una pareja joven, guapa y rica a la que el alcohol, la ociosidad y la espera de una herencia van deshaciendo lentamente hasta dejarla irreconocible.

Hermosos y malditos | Libro

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F. Scott Fitzgerald · Nueva traducción al español

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Todavía no le había pasado. Le pasaría.

Esa es la incomodidad particular de Hermosos y malditos: es un libro escrito desde dentro del problema por alguien que aún creía estar mirándolo desde fuera.

Una novela cuyo motor es no hacer nada

Anthony Patch es nieto de un millonario reformista y moralizante, y su plan vital consiste en esperar a que el abuelo se muera. No es una metáfora: es literalmente el argumento. Anthony tiene formación, gusto y encanto, y una vaga idea de escribir algún día una historia de la Edad Media que nunca empieza. Mientras tanto, vive de un ingreso modesto y del futuro.

Cuando conoce a Gloria Gilbert —deslumbrante, mimada, con una inteligencia mucho más afilada de lo que su papel social le permite usar—, la pareja convierte esa espera en un proyecto compartido. Se casan, viajan, alquilan casas que no pueden pagar, dan fiestas que duran días. Y el dinero no llega: el abuelo aparece por sorpresa en mitad de una de esas fiestas y los deshereda.

Lo que sigue son años de pleito, de mudanzas a pisos cada vez peores, de amistades que se enfrían y de una relación que se erosiona no por una traición espectacular, sino por desgaste. Escribir una novela cuyo motor narrativo es la inacción es arriesgado, y Fitzgerald lo sabía. El resultado es un libro deliberadamente desagradable de leer en su segunda mitad, que es exactamente lo que se proponía.

Zelda reseñó el libro de su marido

La anécdota más famosa asociada a esta novela tiene que ver con cuánto de ella salió de la vida real. Gloria está construida en buena medida sobre Zelda Sayre, y Fitzgerald usó sin demasiado disimulo su diario y sus cartas.

Zelda, que tenía talento propio y poca paciencia, publicó en 1922 una reseña del libro en el New York Tribune donde bromeaba con haber reconocido en sus páginas fragmentos de su propio diario y de cartas suyas, y sugería a los lectores que compraran la novela por razones domésticas: para que su marido pudiera pagarse los caprichos. Era humor, pero también una reclamación de autoría hecha en público y por escrito.

Ese pulso recorre toda la novela. Gloria es el personaje más vivo del libro, y sus mejores líneas —sobre el aburrimiento, sobre lo que se espera de una mujer guapa, sobre el horror de envejecer sin haber hecho nada— suenan distintas cuando uno sabe de dónde venían.

El prólogo más raro de Fitzgerald

Hay un detalle que sorprende a quien llega desde El gran Gatsby: la novela no empieza como una novela. Arranca con una escena breve escrita en forma de obra de teatro, un diálogo alegórico en el que la Belleza recibe instrucciones antes de ser enviada al mundo, y donde se nos informa de que va a encarnarse en una muchacha estadounidense de principios de siglo.

Es un recurso que hoy chirría un poco y que la crítica de la época no perdonó, pero explica el título y la intención: Gloria no es solo una mujer, es un experimento sobre qué le hace el siglo XX a la belleza pura cuando la deja suelta en una sociedad que solo sabe consumirla. Fitzgerald volvería a intentar algo parecido, con muchísimo más oficio, en el Gatsby de tres años después.

El final, que es lo mejor del libro

Sin destripar nada esencial: el pleito por la herencia se resuelve. Y la resolución es la mayor crueldad que Fitzgerald podía escribir, porque lo que consiguen llega cuando ya no queda nadie capaz de disfrutarlo. La última escena, con Anthony envuelto en una manta a bordo de un transatlántico, repitiendo que él ha ganado, es una de las imágenes más desoladoras de la literatura estadounidense del siglo pasado.

No hay moraleja explícita ni castigo moral, y por eso funciona. Nadie le dice a Anthony que se equivocó. Simplemente se queda sin vida mientras esperaba para empezarla.

Entre A este lado del paraíso y Gatsby

Esta es la segunda novela de Fitzgerald, y ocupa un lugar incómodo: no tiene la frescura escandalosa de la primera ni la perfección de la tercera. Se le suele llamar novela de transición, con algo de condescendencia.

Pero es también la más honesta y la más larga, la única en la que se permite ser aburrida para retratar el aburrimiento, y la que contiene el diagnóstico completo de su generación antes de que él aprendiera a hacerlo elegante. Quien haya leído El gran Gatsby y quiera saber de dónde salió ese libro, este es el sitio.

Fitzgerald murió en 1940, a los cuarenta y cuatro años, arruinado y convencido de haber fracasado, después de una década marcada por su alcoholismo y por la enfermedad de Zelda. Había escrito el guion dieciocho años antes, cuando aún creía que era ficción.

Nuestra edición

Publicamos Hermosos y malditos en una nueva traducción al español, con el texto íntegro de la novela. Disponible en tapa blanda, tapa dura y ebook, y en edición bilingüe de texto paralelo español-inglés, con la prosa original de Fitzgerald en la página de al lado.

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