El Principito: por qué releerlo de adulto
POR Rosetta EduEl Principito es probablemente el libro más regalado del mundo y uno de los peor leídos. Circula en tazas, en camisetas y en frases sueltas de redes sociales; se le supone dulce, algo ingenuo, apto para niños y para adultos con nostalgia de serlo.
El libro real lo escribió un piloto de cuarenta y dos años, exiliado en Nueva York mientras su país estaba ocupado, que había estado a punto de morir de sed en el desierto y que moriría un año después de publicarlo, desaparecido en el Mediterráneo. Con esa información en la cabeza, la historia del aviador averiado que se encuentra con un niño en las dunas se lee de otra manera.
El hombre que se estrelló de verdad
Antoine de Saint-Exupéry fue piloto antes que escritor, y no de los cómodos. Voló para la Aéropostale en los años veinte y treinta, cuando llevar el correo significaba cruzar el Sahara o la cordillera de los Andes en aparatos frágiles, sin radio fiable y con la certeza de que una avería en el lugar equivocado era una sentencia. Estuvo destinado en Cabo Juby, en la costa sahariana, y dirigió después la línea de Buenos Aires.
En diciembre de 1935, intentando batir un récord de vuelo entre París y Saigón, se estrelló, junto con su mecánico André Prévot, en el desierto de Libia. Sobrevivieron al impacto y luego pasaron días caminando casi sin agua, deshidratándose hasta alucinar, antes de que un beduino con un camello los encontrara y los salvara. Saint-Exupéry contó el episodio en Tierra de hombres.
Ese es el accidente que abre El Principito. Cuando el narrador dice que su avión se ha averiado a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado y que le queda agua para unos días, no está inventando una situación de cuento: está reescribiendo lo que le pasó. El libro no es una fantasía sobre el desierto. Es un libro escrito por alguien que sabe exactamente cómo suena el silencio ahí dentro.
Un libro del exilio
La segunda clave está en la fecha y el lugar. Saint-Exupéry escribió El Principito en Estados Unidos, entre 1942 y 1943, en un exilio que llevaba mal: había dejado Francia ocupada, discutía con las distintas facciones del exilio francés, se sentía inútil lejos del combate y presionaba para que le devolvieran un avión pese a su edad y sus viejas lesiones.
El libro se publicó primero en Nueva York, en abril de 1943, en inglés y en francés a la vez. En Francia no apareció hasta 1946, con Gallimard, dos años después de la desaparición de su autor: Saint-Exupéry nunca vio su libro publicado en su propio país ni en su propio idioma.
Y luego está la dedicatoria, que es donde el libro enseña la mano. Está dedicado a Léon Werth, un amigo escritor, judío, que en ese momento estaba escondido en la Francia ocupada. El autor se disculpa ante los niños por dedicar el libro a una persona mayor, alega que ese mayor es su mejor amigo en el mundo, que pasa hambre y frío y necesita consuelo, y termina corrigiendo la dedicatoria: se la ofrece al niño que ese hombre fue.
Leído así, todo el libro cambia de temperatura. No es una fábula sobre la inocencia. Es un mensaje de un hombre a otro, por encima de un océano y de una guerra, con el miedo perfectamente visible debajo.
Lo que hacen los mayores
La crítica al mundo adulto es la parte que todo el mundo recuerda, y suele simplificarse como «los adultos han perdido la imaginación». Es más específica que eso.
Fijándose en los personajes de los asteroides, el reproche no es la falta de fantasía, sino la sustitución del sentido por el procedimiento. El rey manda sin nadie a quien mandar. El vanidoso solo oye elogios. El hombre de negocios cuenta estrellas para poseerlas y anotar la cifra. El geógrafo tiene un libro lleno de datos y no ha visto jamás un río. Cada uno cumple impecablemente una función vacía, y ninguno sabría decir para qué.
Es una descripción bastante exacta de cómo se estropea una vida adulta: no de golpe, sino por acumulación de tareas que ya no se pregunta uno por qué hace. Que ese diagnóstico lo escribiera alguien atrapado en despachos y discusiones de exiliado, deseando volver a volar, no parece casualidad.
El zorro, o la palabra que sostiene el libro
El capítulo del zorro es el corazón del texto y también su mayor problema de traducción.
El zorro le pide al principito que lo apprivoise. El verbo francés significa domesticar, amansar, volver manso a un animal salvaje, pero en el libro no describe una relación de dominio, sino de vínculo: dedicar tiempo a alguien hasta que deja de ser uno cualquiera entre miles y se vuelve único, con el precio que eso trae, porque quien se deja querer se expone a la pérdida. De ahí sale la moraleja más citada del libro, la de que uno se hace responsable para siempre de lo que ha domesticado.
En español no hay una palabra que haga todo ese trabajo. «Domesticar» suena a animal de compañía y arrastra jerarquía; «amansar» es peor; «crear lazos» explica la idea, pero pierde la extrañeza de que sea un verbo de cetrería aplicado al afecto. Cada traductor elige, y su elección tiñe el capítulo entero. Es un buen ejemplo de por qué conviene saber quién traduce lo que uno lee: no hay solución neutra.
Algo parecido pasa con la rosa, cuya vanidad y cuyos reproches suelen leerse —con base biográfica razonable, aunque el autor nunca lo confirmara— como un retrato de su matrimonio con Consuelo Suncín. El libro funciona igual sin ese dato, pero explica por qué el amor que describe es tan poco idílico: aparece como una obligación contraída con alguien difícil.
Los dibujos no son adorno
Las acuarelas del libro son suyas. No las encargó a un ilustrador ni se añadieron después: forman parte del texto, que las menciona, discute su calidad y se apoya en ellas para bromas enteras —la caja con el cordero dentro, el sombrero que no es un sombrero—. Sin las imágenes, varios pasajes dejan de tener sentido.
Merece la pena mirarlas despacio, sabiendo quién las pintó: un piloto que dibujaba en servilletas y márgenes de carta, sin formación artística, en habitaciones prestadas de Nueva York.
El mejor primer libro en francés
Hay una razón práctica por la que El Principito es el título con el que más gente empieza a leer en francés, y es puramente técnica: la sintaxis es breve, el vocabulario es concreto, los capítulos duran dos o tres páginas y la historia ya la conoces, lo que permite avanzar sin perderte aunque se te escapen palabras.
Para un lector en español, además, el francés escrito es mucho más transparente de lo que parece: comparten la mayor parte del léxico culto y buena parte de la estructura. Con el texto original en una página y la traducción en la de al lado, el ejercicio deja de ser un examen y se convierte en lectura: sigues el francés hasta donde llegas y cruzas la vista cuando hace falta.
Cómo leerlo hoy
Léelo entero de una sentada. Son noventa páginas y está construido como una pieza única; troceado en varios días, pierde la curva emocional del final, que es donde el libro se juega todo.
Empieza por la dedicatoria y no la saltes. Es la instrucción de uso: te dice que lo que vas a leer se escribió para un adulto asustado.
Si lo leíste de niño, no lo releas buscando lo que recordabas. El final —que de niño suele entenderse como una despedida amable— dice exactamente lo que parece decir, y a los cuarenta años se lee sin ninguna comodidad.
Saint-Exupéry despegó el 31 de julio de 1944 en un vuelo de reconocimiento desde Córcega y no volvió. Su pulsera identificativa apareció en una red de pesca frente a Marsella en 1998, y los restos de su avión se identificaron en 2004. Es difícil no leer el desenlace del libro sabiendo eso; tampoco hace falta evitarlo.
Nuestra edición
En Rosetta Edu publicamos El Principito en una nueva traducción al español, con el texto íntegro y las ilustraciones del autor. Disponible en tapa blanda, tapa dura y ebook, y en edición bilingüe de texto paralelo español-francés —en tapa blanda, tapa dura y ebook—, con el original de Saint-Exupéry en la página de al lado: la manera más cómoda de leer en francés por primera vez.