El pozo y el péndulo: el terror que no necesita fantasmas
POR Rosetta EduEn «El pozo y el péndulo» no hay fantasmas, ni vampiros, ni casas encantadas. Hay un hombre atado a una tabla en una celda oscura, una cuchilla que baja unos milímetros con cada oscilación y ratas.
Es probablemente el relato más puramente físico que escribió Poe, y por eso sigue funcionando tan bien: el terror no depende de que creas en nada sobrenatural. Depende de la geometría y del tiempo.
Un hombre midiendo su propia tumba
El narrador ha sido condenado por la Inquisición española y despierta en una oscuridad absoluta. Lo primero que hace —y aquí está el hallazgo del relato— es medir: arranca una tira de su túnica, la usa para contar pasos, calcula el perímetro de la celda, intenta averiguar la forma del espacio donde va a morir.
Ese gesto convierte el cuento en algo distinto de una historia de mazmorras. Es un hombre aplicando la razón dentro de una situación diseñada para destruirla. Cada vez que consigue entender algo —el pozo, el péndulo, las paredes—, sus carceleros cambian las reglas y el conocimiento resulta inútil. El horror no está en morir: está en que pensar no sirva de nada.
Poe dosifica el tiempo con una precisión casi musical. La cuchilla tarda páginas en descender, y el lector la ve bajar mientras el narrador calcula cuántas oscilaciones le quedan. Es la escena que inauguró un recurso que el cine lleva un siglo copiando.
Los otros seis: el Poe que casi nadie conoce
El volumen reúne siete relatos y es, seguramente, la mejor manera de descubrir lo extraño y variado que era Poe más allá de sus grandes éxitos.
«Berenice» es el más perturbador que escribió, hasta el punto de que el propio Poe tuvo que disculparse ante su editor por haber ido demasiado lejos. Un hombre obsesionado con los dientes de su prima moribunda; un final que se cuenta en una sola frase y deja al lector encogido. No es apto para todos los estados de ánimo.
«El hombre de la multitud» es el más moderno del conjunto: un convaleciente observa desde la ventana de un café londinense el río de gente que pasa, clasifica a los transeúntes por su oficio y su clase, y acaba siguiendo durante horas a un anciano que no se detiene nunca. No pasa nada, y sin embargo describe algo que en 1840 nadie había nombrado: la soledad específica de las ciudades grandes. Baudelaire lo tradujo y de ahí salió buena parte de su idea del flâneur.
«La inigualable aventura de un tal Hans Pfaall» es un viaje a la Luna en globo, contado con tal aparato de datos técnicos —presiones, densidades, cálculos— que se lee como una parodia y como ciencia ficción temprana a la vez. Julio Verne lo citó como precedente directo. «Von Kempelen y su descubrimiento» es un bulo periodístico sobre la fabricación de oro, escrito para que el lector lo confundiera con una noticia real.
«El poder de las palabras» es un diálogo entre dos espíritus sobre la creación del universo, la cara filosófica y cósmica de Poe. Y «El hombre que se agotó» es pura comedia negra: la historia de un general condecorado al que, pieza a pieza, hay que montar cada mañana.
Un autor más amplio de lo que su fama permite
La imagen popular de Poe —el hombre lúgubre, el cuervo, el alcohol— ha reducido a un escritor que en realidad hacía de todo: terror, detectives, ciencia ficción, bulos periodísticos, crítica literaria feroz y humor absurdo. Este volumen es la prueba, y explica por qué su influencia se reparte entre autores tan distintos como Conan Doyle, Verne, Baudelaire y Lovecraft.
¿Cómo leerlo?
No de corrido. Estos siete relatos cambian de tono bruscamente —del horror físico a la broma cósmica— y leerlos seguidos desdibuja cada uno. Uno o dos por sesión, empezando por el que da título al libro y dejando «Berenice» para un momento en que te apetezca pasarlo mal.