El mago de Oz: el primer cuento de hadas americano

El mago de Oz: el primer cuento de hadas americano

POR Rosetta Edu

Si cierras los ojos y piensas en El mago de Oz, es muy probable que veas unos zapatos rojos. En el libro que L. Frank Baum publicó en 1900, esos zapatos son de plata. Los cambió la Metro-Goldwyn-Mayer en 1939 para lucir el Technicolor, y el cambio funcionó tan bien que borró el original de la memoria colectiva.

El mago de Oz | Libro

¿Quieres leer El mago de Oz?

L. Frank Baum · Nueva traducción al español

Ver el libro

Ese detalle resume el problema del libro: es uno de los clásicos más conocidos del mundo y uno de los menos leídos. La película es magnífica, pero cuenta otra historia. Y la que está debajo es más rara, más dura y bastante más interesante.

Un manifiesto disfrazado de prólogo

Baum abrió el libro con una introducción breve que es, en realidad, una declaración de intenciones. Venía a decir que los cuentos de hadas europeos —los Grimm, Andersen— habían cumplido su servicio, pero arrastraban demasiada moraleja y demasiada pesadilla: niños castigados, mutilaciones ejemplares, lecciones que se cobraban caras. Él quería escribir un cuento de hadas modernizado, donde el asombro se conservara y el sermón desapareciera.

Es exactamente el mismo gesto que Lewis Carroll había hecho treinta y cinco años antes en Alicia, pero enunciado en voz alta. A finales del XIX, la literatura infantil seguía siendo mayoritariamente un instrumento pedagógico: se leía para corregir al niño. Baum escribió para entretenerlo, y lo dijo por escrito. Esa renuncia deliberada a educar es el acta de nacimiento de la literatura infantil moderna.

Conviene señalar también que Baum no cumplió del todo su promesa. Hay bastante más violencia en El mago de Oz de la que su prólogo anuncia —el Leñador de Hojalata despacha lobos y gatos monteses con notable eficacia—, pero la violencia nunca es castigo moral. Simplemente ocurre, como en las aventuras.

El primer cuento de hadas americano

Lo verdaderamente nuevo del libro no es la magia, sino de dónde viene.

La tradición europea funcionaba con castillos, reyes, princesas y bosques ancestrales: un mundo heredado y jerárquico. Baum arranca en la pradera de Kansas, gris hasta el horizonte —insiste en ese gris página tras página—, con una niña de granja, sus tíos agotados por el trabajo y una casa de madera de una sola habitación. La heroína no es una princesa oculta: es Dorothy, y su virtud principal es la sensatez.

Sus compañeros son igual de reveladores. Un espantapájaros de paja, es decir, agricultura. Un leñador de hojalata, es decir, industria. Un león que necesita atreverse. Y al final del camino no hay un rey ni un mago verdadero, sino un señor bajito de Omaha que llegó en globo aerostático y gobierna mediante efectos especiales. Es difícil imaginar una fantasía más americana: práctica, democrática, desconfiada de la autoridad y con un empresario del espectáculo detrás de la cortina.

El chiste que sostiene todo el libro

Aquí está la broma central, y es de una elegancia notable: los tres compañeros de Dorothy piden justo aquello que ya tienen.

El Espantapájaros quiere un cerebro y es quien resuelve todos los problemas prácticos del grupo. El Leñador de Hojalata quiere un corazón y es el más sentimental de los cuatro: llora tanto que se oxida. El León quiere valor y actúa con valentía en cada situación peligrosa, muerto de miedo, que es la única forma en que la valentía existe.

Cuando por fin llegan ante el mago, este no puede darles nada real, porque no es mago. Lo que hace es entregarles símbolos: un diploma, un corazón de tela, un brebaje. Placebos. Y funcionan, porque lo único que faltaba era el permiso para creerse lo que ya eran.

Leído de adulto, eso es bastante más que una moraleja bonita. Es una observación sobre cómo funcionan las instituciones: los títulos no crean la competencia, la certifican —y a veces ni eso—. El mago es un impostor, y sin embargo su impostura resulta útil. Baum no lo condena; lo deja gobernando un rato más y luego lo despide en globo.

La lectura política (y la prudencia que exige)

Existe una interpretación muy difundida según la cual el libro es una alegoría del populismo agrario estadounidense de la década de 1890: el camino de baldosas amarillas sería el patrón oro, los zapatos de plata la reivindicación de la moneda de plata, el Espantapájaros el granjero, el Leñador el obrero industrial y el León un político de la época.

La lectura procede de un artículo de 1964 del profesor Henry Littlefield y se ha repetido tanto que suele presentarse como un hecho. Conviene saber que el propio Littlefield acabó matizando que la concibió como recurso didáctico para sus clases de historia y que no hay pruebas de que Baum pretendiera nada semejante. Es una interpretación sugerente y probablemente anacrónica. Merece la pena conocerla —ilumina el trasfondo económico de un país de granjeros endeudados— siempre que no se confunda con la intención del autor.

Lo que la película dejó fuera

Quien venga del cine encontrará sorpresas, y las mejores están en los capítulos que la adaptación eliminó.

La diferencia de fondo es la más importante: en la película, Oz es un sueño del que Dorothy despierta rodeada de las caras conocidas de la granja. En el libro, Oz es un lugar real. Dorothy va y vuelve físicamente, y en las secuelas regresa. Baum no ofrece el consuelo de que todo fue imaginado.

Y luego está lo extraño. El pasado del Leñador de Hojalata, contado con una frialdad casi cómica: un hacha encantada le fue cortando los miembros uno a uno y un hojalatero se los fue reponiendo en metal, hasta que del hombre no quedó nada, ni siquiera el corazón. El país de porcelana, donde todos los habitantes son figuritas frágiles que se resquebrajan. Los Cabezas de Martillo, que golpean con el cuello estirado. Un tramo final entero, después de derrotar a la bruja, que el cine se saltó por completo. El libro es más episódico y más raro de lo que su fama sugiere: se parece menos a una película de aventuras y más a un sueño largo.

Un libro escrito para leerse en voz alta

Baum escribe en una prosa deliberadamente llana: frases cortas, vocabulario sencillo, casi ninguna floritura. No es descuido, es diseño —quería un texto que un niño pudiera seguir y un adulto pudiera leer en voz alta sin tropezar—, y explica por qué se traduce con menos pérdidas que Alicia: aquí el humor está en las situaciones y en la lógica de los personajes, no en juegos de palabras intraducibles.

Eso no significa que el traductor no tenga decisiones que tomar. Las tiene con los nombres —el Leñador de Hojalata frente al Hombre de Hojalata, el Espantapájaros, los Munchkins— y sobre todo con el registro: la tentación de «mejorar» a Baum, de adornar una prosa que es sobria a propósito, arruina el efecto. Un buen Mago de Oz en español suena tan simple como el original.

Vale la pena recordar, además, que el libro nació como objeto ilustrado: los dibujos a color de W. W. Denslow eran parte del atractivo comercial de la primera edición, con el texto y la imagen compartiendo página de un modo entonces poco habitual.

Cómo leerlo hoy

Olvídate de la película durante las primeras cincuenta páginas. Si vas comparando, el libro parece una versión defectuosa de algo que ya conoces. Si lo lees limpio, aparece lo que es: una fantasía seca y veloz.

Léelo en voz alta si tienes con quién. Está escrito para eso, y funciona a partir de los seis años sin aburrir a un adulto.

No te detengas en el primero si te gusta. Baum escribió trece secuelas, algo reticente —quería dedicarse a otras cosas y los lectores no le dejaron—, y varias son excelentes: la segunda, La maravillosa tierra de Oz, es más extraña aún que la primera.

Es un libro de doscientas páginas que se lee en dos tardes y que, si lo dejas, deja una impresión curiosa: la de haber visitado un lugar que existe en algún sitio, con sus reglas propias y sin moraleja al final. Eso era exactamente lo que Baum prometía en el prólogo.

Nuestra edición

En Rosetta Edu publicamos El mago de Oz en una nueva traducción al español que respeta la sobriedad del original, con el texto íntegro —incluidos los capítulos que las adaptaciones suelen recortar—. Disponible en tapa blanda, tapa dura y ebook, y en edición bilingüe de texto paralelo, tanto en tapa blanda como en tapa dura, con el inglés de Baum en la página de al lado.

Regresar al Club del libro