Arthur Gordon Pym: la única novela de Poe, y la que nadie sabe cómo acaba
POR Rosetta EduCuando La narración de Arthur Gordon Pym apareció en 1838, el nombre de Poe no figuraba en la portada. El libro se presentó como el relato auténtico de un superviviente, y bastantes lectores se lo creyeron.
El propio editor admitió después que la maniobra había engañado a muchos críticos y a ellos mismos; hubo quien la leyó como historia verdadera y quien la calificó de intento descarado de burlarse del público. Es la única novela que Poe llegó a terminar, y sigue siendo su libro más desconcertante.
Un viaje que empeora cada cien páginas
Arthur Gordon Pym, un joven de Nantucket con ganas de aventura, se embarca de polizón en el ballenero Grampus, escondido en la bodega con un perro y provisiones para unos días. Lo que empieza como una travesura se descompone metódicamente: un motín, un naufragio, días a la deriva sin agua y una escena de canibalismo decidida a suertes que Poe narra con una frialdad administrativa que resulta peor que cualquier grito.
Y cuando parece que ya no puede empeorar, el barco que los rescata pone rumbo al sur. Hacia la Antártida inexplorada, donde el agua se vuelve tibia y lechosa, donde hay islas con habitantes que temen al color blanco, y donde el libro deja de comportarse como una novela de aventuras.
El final del que se lleva discutiendo dos siglos
Sin destripar nada: las últimas páginas abandonan la lógica del relato realista y terminan en una imagen —una figura blanca, enorme, en medio de una catarata de niebla— seguida de una nota editorial que informa que los capítulos finales se han perdido.
No hay explicación. Poe interrumpe la novela en el instante de máxima tensión y no la resuelve, y esa decisión —deliberada o no, se discute desde entonces— es justamente lo que ha mantenido el libro vivo. Jules Verne escribió una continuación entera, La esfinge de los hielos, para darle un desenlace. Lovecraft construyó En las montañas de la locura sobre sus cimientos y tomó prestado de aquí el grito de «Tekeli-li». Borges y Melville la admiraron. Es el ejemplo más claro de una obra que influye precisamente por lo que no cuenta.
Lo que hay debajo de la aventura
El libro funciona por acumulación: entierro en vida, motines, hambre, un barco fantasma cargado de cadáveres que se acerca meciendo lo que parece un saludo. Poe va retirando al lector, una tras otra, todas las certezas del género de aventuras —el rescate, la camaradería, la recompensa— hasta dejar solo la travesía.
Hay también una capa incómoda que conviene nombrar: el tratamiento de los habitantes de las islas del sur y toda la simbología de blanco y negro del tramo final ha sido leída por la crítica contemporánea en clave racial, en relación con el sur esclavista en el que Poe se crió. No es una lectura que agote el libro, pero ignorarla sería leerlo a medias.
¿Para quién es?
Para quien disfrute de las narraciones marítimas —está en la línea que va de Coleridge a Moby Dick— y para quien tolere que un libro no le dé respuestas. Quien necesite cierre, sufrirá. Quien se conforme con una pregunta bien planteada, tendrá pocas obras del siglo XIX que lo dejen tan inquieto.
Y es la puerta natural para llegar desde Poe hasta Lovecraft: si la Antártida del final te deja con ganas de saber qué había allí, ese es exactamente el hueco que Lovecraft quiso rellenar casi un siglo después.