Alicia en el País de las Maravillas: una guía para lectores adultos

Alicia en el País de las Maravillas: una guía para lectores adultos

POR Rosetta Edu

Casi todo el mundo cree haber leído Alicia en el País de las Maravillas. Muy poca gente lo ha hecho. Lo que recordamos —el conejo con reloj, la taza de té, el gato que se desvanece— llega en realidad de las ilustraciones de John Tenniel, de las adaptaciones de Disney, de mil versiones de segunda mano. El libro que Charles Lutwidge Dodgson publicó en 1865 bajo el seudónimo de Lewis Carroll es otra cosa: más extraño, más divertido y bastante más difícil de lo que sugiere su fama de cuento infantil.

Alicia en el País de las Maravillas - Alice’s Adventures in Wonderland | Libro bilingüe - Español / Inglés

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Portada de Alicia en el País de las Maravillas

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Leerlo de adulto no es un ejercicio de nostalgia. Es descubrir que la mitad de los chistes estaban dirigidos a nosotros desde el principio.

Una tarde en el río

El origen del libro es conocido y aun así vale la pena repetirlo, porque explica su forma. El 4 de julio de 1862, Dodgson —matemático del Christ Church de Oxford, tímido, tartamudo, aficionado a la fotografía— salió a remar por el Támesis con un colega y con las tres hijas del deán de su colegio: Lorina, Alice y Edith Liddell. Para entretenerlas durante el trayecto improvisó una historia sobre una niña que caía por la madriguera de un conejo. Alice Liddell, que tenía diez años, le pidió que la escribiera.

Dodgson tardó más de dos años. En noviembre de 1864 le entregó un manuscrito ilustrado de su puño y letra titulado Alice's Adventures Under Ground. Al año siguiente, ampliado casi al doble y con las ilustraciones de Tenniel, el libro llegó a las librerías.

Ese origen oral deja huella en todo el texto. Alicia no tiene trama en el sentido convencional: no hay un objetivo que perseguir ni un villano al que vencer. Hay una sucesión de encuentros, cada uno con su propia lógica interna, encadenados por la única cosa que sostiene una historia improvisada para tres niñas en una barca: el ingenio de la conversación. Quien busque una novela se sentirá desconcertado. Quien acepte que está leyendo una partida de ajedrez verbal encontrará una obra maestra.

El libro es un tratado de lógica disfrazado

Dodgson enseñaba matemáticas y escribió tratados de lógica simbólica. Esa cabeza está en cada página, y es la razón por la que el libro envejece tan bien.

Los personajes del País de las Maravillas no dicen tonterías: cometen errores de razonamiento perfectamente identificables, y Alicia —una niña educada y razonable— intenta corregirlos con las reglas del mundo de arriba. El resultado es cómico porque los dos bandos tienen razón dentro de su propio sistema.

Cuando Alicia afirma que dice lo que piensa, o al menos que piensa lo que dice, y le responden que no es lo mismo, que sería como decir que ve lo que come equivale a que come lo que ve, el chiste es una lección sobre la no conmutatividad de la implicación lógica. Cuando el Sombrerero pregunta por qué un cuervo se parece a un escritorio y luego admite que no tiene ni idea de la respuesta, se está riendo de la expectativa misma de que toda pregunta bien formada tenga solución. Cuando el Gato de Cheshire demuestra que está loco mediante un silogismo impecable a partir de premisas absurdas, Carroll expone en dos líneas lo que un manual tarda un capítulo en explicar: la validez formal no garantiza la verdad.

Hay una lectura, popularizada en 2009 por la investigadora Melanie Bayley, según la cual algunos episodios satirizan las matemáticas de vanguardia de la época —los cuaterniones de Hamilton, la geometría proyectiva— frente a las cuales Dodgson era decididamente conservador. La tesis es discutida entre especialistas y conviene tomarla como una posibilidad sugerente más que como un hecho establecido. Pero incluso sin ella, la evidencia sobra: el País de las Maravillas es un lugar donde las reglas se aplican con un rigor implacable, solo que no son nuestras reglas.

La parodia que ya no vemos

Buena parte del humor original apuntaba a un blanco que hoy ha desaparecido: la literatura moralizante para niños que dominaba la infancia victoriana.

Cuando Alicia intenta recitar un poema y le sale al revés, no está diciendo un disparate cualquiera. Está destrozando textos que cualquier niño inglés de 1865 se sabía de memoria. El célebre cocodrilo que sonríe mientras acoge pececillos con sus mandíbulas es una parodia de un poema de Isaac Watts sobre la abejita laboriosa que aprovecha cada hora del día. El original enseña que hay que trabajar sin descanso; la versión de Carroll enseña que el depredador se relame. Y así una vez tras otra.

Esa capa es la que más pierde el lector contemporáneo, y la razón por la que una edición con criterio importa: sin saber qué se está parodiando, los poemas parecen simplemente raros. Sabiéndolo, son demoledores.

Debajo de la broma hay algo más serio, y es lo que hace que el libro no sea solo un juguete: Carroll fue de los primeros en escribir para niños sin la intención de mejorarlos. En un siglo que usaba los cuentos como vehículo de instrucción moral, Alicia no enseña nada. Solo juega. Esa negativa fue, a su modo, revolucionaria.

La pregunta que Alicia se hace todo el tiempo

Y sin embargo el libro tiene un tema, y es sorprendentemente adulto: la identidad.

Alicia cambia de tamaño una docena de veces. Come, bebe, crece hasta chocar con el techo, se encoge hasta temer desaparecer. Y a cada cambio le sigue la misma inquietud: si ya no soy del tamaño que era, si no recuerdo lo que sabía, si mis lecciones se me borran, ¿sigo siendo yo? La oruga se lo pregunta directamente —quién eres— y Alicia no sabe responder. Ha cambiado tantas veces esa mañana que ya no está segura.

Cualquiera que haya atravesado una mudanza vital reconoce ese vértigo. Un niño lo lee como una aventura de tamaños; un adulto lo lee como lo que probablemente es: la experiencia de perder pie en la propia biografía. No es casualidad que el libro termine con un juicio en el que las pruebas no significan nada y la sentencia precede al veredicto, y que Alicia solo escape cuando por fin recupera su estatura —literal y moral— y declara que sus acusadores no son más que una baraja de cartas.

Por qué traducirlo es tan difícil

Aquí conviene ser franco: Alicia es uno de los libros más difíciles de verter a otra lengua, y el motivo es que buena parte de su humor no está en las ideas sino en las palabras.

El texto vive de la homofonía. Un ratón anuncia que contará una historia larga y triste, y Alicia mira su cola y no entiende por qué es triste: en inglés, tale (cuento) y tail (cola) suenan igual. La Falsa Tortuga explica que a las clases se las llama así porque cada día disminuyen: lessons y lessen. Ninguna de las dos bromas sobrevive a una traducción literal, y ninguna puede simplemente omitirse sin que el pasaje pierda el sentido.

Cada traductor resuelve estos pasos a su manera, y ahí es donde se juega la calidad de una edición: no en la fidelidad palabra por palabra, que en este libro es imposible, sino en la habilidad para reconstruir el juego en la nueva lengua. Por eso conviene mirar quién traduce, y por eso las ediciones bilingües resultan tan útiles con este título en concreto: permiten ver el original justo al lado y comprobar cómo se ha resuelto cada trampa.

Cómo leerlo hoy

Tres recomendaciones prácticas para el lector adulto.

No lo leas buscando la trama. No la hay. Léelo capítulo a capítulo, como quien escucha a alguien muy ingenioso durante un trayecto largo.

Léelo despacio y en voz alta cuando puedas. El texto nació hablado, y muchos chistes solo se activan cuando se oyen.

Complétalo con A través del espejo. La segunda parte, de 1871, es más ordenada —está construida sobre una partida de ajedrez— y contiene algunos de los mejores momentos de Carroll. Se leen bien seguidas.

Y una advertencia final: es un libro corto, se despacha en un par de tardes, y deja la sensación de haber entendido solo la mitad. Es exactamente lo que Carroll pretendía. La otra mitad se descubre en la relectura, que es la mejor prueba de que un cuento para niños se ha convertido en un clásico.

Nuestra edición

En Rosetta Edu publicamos Alicia en el País de las Maravillas en una nueva traducción al español, con el texto íntegro y tipografía pensada para la lectura continuada. Disponible en tapa blanda, tapa dura y edición bilingüe de texto paralelo —con el original inglés en la página de al lado, especialmente útil en un libro donde tantos juegos de palabras merecen consultarse en su idioma.

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