Los solitarios: la bruja que se escondía bajo la mesa del comité

Los solitarios: la bruja que se escondía bajo la mesa del comité

POR Rosetta Edu

Londres, 1918. En una reunión de comité benéfico —de esas donde se discute durante dos horas cómo repartir seis mantas— alguien descubre que hay una mujer escondida debajo de la mesa. Resulta ser una bruja. No una metáfora: una bruja con escoba, que trabaja en una panadería, roba bollos por principio y considera que las reglas del mundo son una sugerencia.

Los solitarios | Libro

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Así empieza Los solitarios, y quien espere a partir de ahí una fantasía amable se va a llevar una sorpresa. Es uno de los libros más extraños y más tristes que salieron de la Primera Guerra Mundial, escrito por una mujer de veintisiete años que había pasado la guerra exactamente en esos comités.

Una pensión donde no se admiten sándwiches

Sarah Brown, la protagonista, es una voluntaria agotada: enferma, pobre, entregada a hacer el bien de forma organizada y burocrática, sin haberse preguntado nunca si eso la hace feliz. La bruja, que acabará llamándose Angela, la saca de esa vida y la lleva a la Casa de los Solitarios, una pensión en la que cada huésped vive solo, se sirve solo y no tiene obligación de ser simpático con nadie.

A partir de ahí, el libro alterna lo cotidiano con lo disparatado sin cambiar de tono: un mago que se alista en el ejército, un dragón doméstico, un huerto encantado en las afueras y la escena más famosa de la novela, un duelo aéreo sobre Londres entre la bruja inglesa y una bruja alemana en plena noche de bombardeo, montadas las dos en sus escobas mientras abajo suenan las sirenas.

Es cómico, y a la vez no lo es. Stella Benson había vivido esos bombardeos. La batalla de las escobas es lo que hace un escritor con un recuerdo insoportable cuando decide no escribir un libro de guerra.

La bruja como la persona que ve por primera vez

La definición de bruja que da la novela merece atención, porque es su tesis entera: una bruja es alguien que «nace por primera vez», y por eso no está cegada por tener un punto de vista. Angela no es mala ni buena. Simplemente no tiene las capas de hábito, deber y opinión heredada que llevan puestas todos los demás, y su presencia hace que esas capas se vean.

Leído así, Los solitarios es un libro sobre la soledad elegida frente a la compañía obligatoria, sobre la gente que hace el bien por costumbre y ha dejado de sentir nada, y sobre lo que cuesta —y lo que libera— dejar de pertenecer. Que todo eso venga envuelto en magia es la forma que encontró Benson de decirlo sin que sonara a sermón. Es un libro para quienes alguna vez se han sentido de más en una habitación llena de gente bienintencionada.

Stella Benson, la escritora que se fue

Stella Benson (1892-1933) nació en una familia acomodada de Shropshire, enfermó de joven y decidió que la salud frágil no iba a determinar su vida. Fue sufragista, trabajó en los barrios pobres del este de Londres durante la guerra —de ahí salen Sarah Brown y sus comités— y en cuanto pudo se marchó: Estados Unidos, la India, Hong Kong, China, donde se casó y vivió buena parte de sus últimos años.

Publicó Los solitarios en 1919, con veintisiete años, y siguió escribiendo novelas cada vez más ambiciosas hasta ganar en 1932 uno de los premios literarios más importantes de Inglaterra. Murió al año siguiente, a los cuarenta y uno, de una neumonía en el norte de Vietnam. Virginia Woolf anotó su muerte en el diario con una franqueza rara en ella: le dolió, y le extrañó que le doliera tanto la pérdida de alguien a quien apenas conocía.

Después vino el olvido, largo, y desde hace unos años un redescubrimiento lento. Este libro es la mejor puerta para entrar.

¿Cómo leerlo?

Sin buscar lógica. Los capítulos son episódicos, la trama es mínima y la voz narrativa cambia de la ironía al dolor sin avisar. Funciona mejor leído en pocos días, para no perder ese tono. Y conviene fijarse en las frases sueltas: Benson escribe aforismos sin querer, y algunos aforismos, en este libro, se quedan a vivir.

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