Red Hook y El que susurra en la oscuridad: el peor y el mejor Lovecraft

Red Hook y El que susurra en la oscuridad: el peor y el mejor Lovecraft

POR Rosetta Edu

Este volumen reúne dos relatos que se parecen poco entre sí, y esa distancia es justamente lo interesante: son el peor y el mejor Lovecraft, separados por seis años.


Red Hook: el relato que conviene leer con los ojos abiertos

Lovecraft escribió «El horror de Red Hook» en 1925, durante los dos años que vivió en Nueva York, casado y en paro, en un barrio de Brooklyn lleno de inmigrantes recién llegados. Odiaba la ciudad. El relato es, sin mucho disimulo, la transcripción literaria de ese odio: un detective irlandés investiga una secta en un barrio portuario descrito como un hervidero de extranjeros, y el horror sobrenatural se confunde continuamente con el horror que al autor le producían sus vecinos.

Es uno de los textos más abiertamente racistas de su obra, y no tiene sentido leerlo fingiendo que no lo es. Tampoco tiene mucho sentido ignorarlo: es un documento incomodísimo de cómo funcionaba el miedo xenófobo en el Nueva York de los años veinte, escrito por alguien que lo sentía sin filtro. Lovecraft mismo acabó considerándolo uno de sus peores relatos, aunque por razones literarias, no morales.

Leído con esa conciencia, tiene un valor que no tendría como simple cuento de terror: muestra de dónde sale realmente el «horror a lo desconocido» que él teorizó, y cuánto tenía de biografía.

El que susurra en la oscuridad: Lovecraft en su mejor forma

Seis años después, ya de vuelta en Providence, escribió algo completamente distinto. «El que susurra en la oscuridad» empieza con una inundación en Vermont y unos cuerpos extraños arrastrados por los ríos, y continúa como una correspondencia entre un profesor escéptico y un granjero aislado que asegura estar rodeado de criaturas venidas de un planeta exterior.

Lo que hace memorable el relato es su método: todo llega por cartas, fotografías, grabaciones en cilindro de cera. El narrador es un académico razonable que va aceptando lo imposible a regañadientes, y el lector con él. No hay sustos; hay una acumulación de evidencias que se vuelve insoportable. Y el final —uno de los mejores que escribió— se juega en un solo detalle físico que el lector atento ve venir diez páginas antes que el protagonista.

Aquí está el Lovecraft que importó: el que sustituyó los fantasmas por la ciencia, la maldición por la indiferencia cósmica y el castillo por una granja de Vermont con un gramófono.

¿Por qué juntos?

Porque entre uno y otro se ve el salto de un escritor. En 1925, el miedo de Lovecraft era el de un hombre asustado por su barrio. En 1931, había conseguido convertir ese mismo impulso en algo de otra escala: la sospecha de que el universo es enorme, viejo y absolutamente ajeno a nosotros. Esa idea es su aportación real a la literatura, y es la que sigue alimentando el terror contemporáneo casi un siglo después.

¿Cómo leerlo?

En orden cronológico, que es el del volumen, y sin saltarse el primero pese a lo dicho. Y con una advertencia útil para quien nunca haya leído a Lovecraft: su prosa es deliberadamente recargada, con adjetivos acumulados y una insistencia en lo «indescriptible» que puede irritar al principio. Es un estilo, no un defecto: describe poco a propósito, porque el efecto depende de lo que el lector complete.

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